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sábado, 18 de junio de 2011

El rayo y el ciruelo

 Cuento de Ricardo Steimberg    


Mi hermana Norma tendría unos cuatros años y yo probablemente nueve, cuando sucedió el incidente que les voy a narrar y que, probablemente, me marcó, por el resto de mi vida. Por esa época vivíamos a tres cuadras de la Avenida Martín Fierro y otro tanto del Puente Roca, sobre el río Reconquista, partido de Morón, en la Provincia de Buenos Aires.

Vivíamos temporalmente en una de las casas de mi abuelo José, hasta tanto, el departamento que mis padres habían comprado, se terminara de edificar. Esta era una típica y simpática casita de fin de semana, en un vecindario muy poco poblado, ya que en la época, esa zona era puro y excitante campo.

Nuestra casa estaba situada en una esquina. Enfrente de esta y separado apenas por una calle de tierra, se encontraba un terreno baldío, de unas cuatro hectáreas de extensión. Era nada más que un pequeño montecito de árboles frutales, plantados por los mismos vecinos que lindaban con el terreno.

Sin embargo para mi hermana y para mí, allí era una fuente inagotable de intrépidas aventuras, enmarcado en un lugar de una espectacular belleza. Era la misma naturaleza que nos hacía hervir nuestra imaginación, con mil y un personajes y otros tantos escenarios, que se cambiaban cada vez que comenzábamos un nuevo juego.

Allí sucedieron, quizás, los días más felices, que recuerdo, de toda mi niñez. En ese montecito, no importaba que nos llenáramos las piernas de arañazos, ni los brazos de moretones. Todo valía, era piedra libre para la diversión y el ocio de verano. Mamá no coincidía plenamente, con nuestras ideas sobre lo que era diversión, integridad física, suciedad y peligro ante los cientos de bichos que, según ella, la mayoría ni siquiera estaban clasificados.

Pero había dos cosas, a nuestro favor, para prohibirnos jugar en aquel sitio. Primero, mamá sabía positivamente que de allí, no nos moveríamos. Por lo tanto, con una simple mirada, por la ventana, sabría donde estábamos. Segundo, tengo que reconocer que mi hermana y yo, éramos bastante bochincheros, pero el hecho de tenernos al alcance de la vista, aunque fuera de la casa, ya era una especie de descanso para la pobre mujer. 

Bastaba que abriéramos los ojos, para que mi hermana me viniera a buscar o viceversa, y nos escapáramos sin hacer un solo ruido, nada más que para reconocer el terreno y volver a la casa, para desayunar, eso, sin que la “vieja” se diera cuenta. De lo contrario se armaba un buen lío.



Luego del desayuno, que era devorado, en vez de comido, salíamos a toda carrera hacia nuestro lugar, al que adoptamos como propio y que no estábamos predispuestos a compartir. Era nuestro por hecho y por derecho. Muchas veces, Norma y yo, tuvimos agrias discusiones con algunos vecinos, que dejaban pastando allí sus vacas.


El tema era sencillo. Cuando estaban los animales por las cercanías, no podíamos movernos a nuestras anchas, ya que recortaba nuestro accionar dentro del terreno. También le quitaba cierta espontaneidad a los juegos. Aquellas vacas no encajaban en nuestros esquemas lúdico y por lo tanto nos molestaban y mucho.


Sin embargo, había un motivo mucho más consistente y de peso, para aquellas batallas verbales con los vecinos. La verdad es que les teníamos un miedo tremendo, a aquellas espantosas vacas malolientes. Norma y yo éramos bichos de ciudad y esos malditos rumiantes venían a estropear nuestros juegos, eran toda una novedad para nosotros.



Nunca antes habíamos tenido contacto tan directo con la naturaleza, a la que conocíamos solo en fotos o por televisión. Toda la vida habíamos estado viviendo en departamento o en casa con un pequeñísimo jardín y eso no cuenta. Era por eso que ambos estábamos deslumbrados con tanto verde, tantos pájaros y toda la sinfonía de colores, olores y sonidos nuevos para nosotros.


Era algo indescriptible tanto para los ojos como para los demás sentidos. Ese bombardeo sensorial produjo un profundo impacto en aquellos dos niños de ciudad y su efecto fue devastador. En aquella época y con esa edad, empecé a tomar conciencia de cosas que antes no tenía en cuenta y que luego con el tiempo moldearían el carácter y la forma de pensar de mi hermana y de quien les escribe. 


En aquel terreno baldío fue donde comenzamos a dejar libre nuestras respectivas imaginaciones. A las mil y una situaciones que el juego imponía, se le potenciaba una asombrosa y deslumbrante escenografía natural, que daba cierta veracidad a la diversión. Eso durante el día, pero, al llegar las primeras sombras, el lugar se hacía lúgubre y entonces, nacían los miedos y los temores hacia lo desconocido.


Ese maravilloso lugar fue el escenario de un grave hecho, que tuvo, de casualidad, un resultado feliz, pero que pudo resultar una verdadera tragedia. Todo comenzó alrededor de las tres y media de la tarde, de un caluroso y sofocante día de verano. Estábamos tan entretenidos, jugando y comiendo ciruelas, que la temperatura para nosotros era un simple detalle. 


Cansados de la monotonía, habíamos desistido ya de las aventuras sobre el suelo firme, para trasladar toda la acción a los árboles. Nos había entrado la fiebre de trepar a cuanta rama se nos pusiera adelante. Y lo hacíamos bien y rápido. Según mamá, parecíamos émulos de Chita, la mona de Tarzán, muy en boga en ese tiempo, siendo Johnny Weissmüller, mi héroe de aquel entonces. 


La pobre vieja tenía el corazón en la boca, cada vez que Norma la llamaba, para mostrarle cuan alto se encontraba sobre las ramas. Sin embargo, mamá mucho no podía hablar al respecto, ya que mi abuela contaba, que ella, a nuestra edad, también la hacía rabiar de la misma manera. Por lo tanto, estaba pagando todos sus pecados infantiles. 


El calor no nos molestaba tanto como lo hacían los malditos mosquitos, grandes como aeroplanos, porque su picadura producía un terrible ardor en la piel. Especialmente allá arriba, donde no teníamos ningún tipo de defensa ni podíamos hacer ademanes exagerados. Hacerse el vivo allá arriba, podía costarnos un par de huesos fracturados, con la respectiva paliza encima. 


A lo lejos, por encima de las copas de los árboles frutales, pude divisar negras nubes. En un primer momento, no me llamaron para nada la atención, pero, a medida que aquellas avanzaban, se podía ver muy bien los rayos blancos sobre el fondo negro de las nubes. El viento comenzó a tomar velocidad y se podía oler el agua a la distancia. No había la menor duda, se venía una tormenta de flor y truco.


Estábamos muy cerca de la cima del ciruelo y Norma, no dejaba de comer sus frutos. Como buen hermano, tenía un ojo en ella y el otro en la tormenta que se nos venía encima. Cada vez los truenos se dejaban escuchar más próximos. De pronto, y no sé cómo, tuve un presentimiento y casi sin darme cuenta, le ordené a mi hermana bajar del árbol e irnos a casa. 


Norma me miró con ojos totalmente desconcertados, pero a la vez irónicos y burlones, como para dar a entender que tendría que arrastrarla. Así estuvimos discutiendo, hasta que llegaron las primeras gotas. A pesar de toda su resistencia, mi paciencia se colmó. La tomé de un brazo y ya no me importó si caía o no de la rama. 


Una vez con los pies sobre la tierra, la tomé de su mano y comencé a correr, casi remolcándola. No habríamos hecho ni unos 30 metros, cuando, a nuestras espaldas se escuchó un terrible estampido. Este tuvo tanta fuerza, que nos lanzó, por el aire, como muñecos, hasta tirarnos a unos 20 o 25 metros de donde iniciamos el corto vuelo. 

No sabría cómo explicarlo, pero aún recuerdo como si fuera hoy, que durante aquel corto vuelo, instintivamente, ambos gritamos como si nos hubieran echado agua caliente. Luego nos enteramos que eso nos salvó de quedar sordos. Al abrir la boca, se cierra automáticamente el tímpano. Esa fue una gran suerte. Estando todavía atontado, vi a mi hermana, unos dos o tres metros delante de mí, desvanecida. 


Traté de incorporarme. Me di vuelta y con mis propios ojos vi, al hermoso ciruelo, partido por el medio, casi todo de color gris oscuro y todavía ardiendo. 

No se veían frutas, ni pájaros ni ramas ni nada, solo humo y fuego. En cuestión de segundos, sentí la presencia de mamá, corriendo hacia nosotros y gritando histéricamente nuestros nombres. 

Durante las tres semanas siguientes, Norma y yo no dejamos de escuchar otra cosa que no fueran los monótonos zumbidos del ejército de abejas, aturdiéndonos, durante las 24 horas del día. Gracias a Dios, ninguno de los dos tuvimos secuelas de aquel episodio, a no ser un profundo estremecimiento de todo el cuerpo, cada vez que ella y yo escuchamos como restalla un trueno allá, en el cielo plomizo.

2 comentarios:

Vanice Ferreira dijo...

Boa noite Ricardo, belo conto!
Interessantes e poéticas recordações da infância, parabéns!!Abraços, Van.

Albys Paredes B. dijo...

Me encantó, me encantó, me encantó este cuento Ricardo... Gracias mil y una vez por compartirlo...