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sábado, 13 de agosto de 2011

Y OTRA VEZ EL FUEGO... ACOSTA ÑU

Por Rubén Luces León
C
olaboración de Ricardo Steimberg




Los vientos de agosto soplaban con mediana intensidad batiendo las matas de pastos y malezas altas. Más allá del campo abierto, el monte le oponía resistencia denunciándolo con el movimiento de las ramas. Todo parecía tranquilo, en esa mañana del 16 de agosto del año 1869.

La calma de la noche y el lúgubre siseo de los lechuzos y los animales nocturnos molestaban al silencio que precedió al día trágico. Habían quedado ya muy pocos soldados, pero estaban todavía los ancianos, las mujeres y los niños. Hacia 3 días que Piribebuy, había rendido a la patria la vida de los últimos que la defendieron. 

Su comandante el Coronel Pedro Pablo Caballero, murió degollado frente a su esposa luego de haberse negado a rendirse.



Como en las funciones teatrales, entre bastidores, se preparaban los actores para representar el drama único en la historia de la humanidad.



El escenario era un campo raso, el arroyo Yuquyry y el bosque que está detrás, todo estaba listo de manera natural, para ser el escenario de la batalla más brutal de la Guerra Grande.

Adelante estaban los hombres que no eran más de 500 y detrás había niños que se disfrazaron de hombres para mentirle al enemigo con su número.

Esos niños eran muy chicos para confundirlos con adultos, sus estaturas pequeñas, sus caras infantiles, sus piernas y bracitos cortos, los ojos grandes, no los ayudaban para impresionar como maduros, eran más bajos que un fusil con su bayoneta calada, no podrían confundirlos tan fácilmente.

Sus propias madres y los mayores con carbón le pintaron bigotes y en las mejillas y la mandíbula les colgaron la crin de los caballos que cortados de sus colas simulaban barbas que le daban a los chicos el aspecto increíble de un disfraz singular y extravagante.

Ensayaron gestos adustos y desafiantes para provocar miedo; pero no lograban que una mueca, que en vez de temor producían: ternura y lágrimas en esos corazones de madres que prepararon a sus hijos a sabiendas de la misión de muerte que cargaron sobre las espaldas frágiles de esos querubines.

Las armas no alcanzaban para todos. En el transcurso de la guerra habían quedado abandonadas en los campos de batallas juntos a los miles de soldados muertos y no pudieron ser recuperadas. Y si en Piribebuy las mujeres apelaron a botellas y vidrios, a piedra y arena, junto a su uñas y sus dientes como postrer recurso. 

Aquí no quedaba más que la ficción como ultimo medio por falta de armamentos,... era la pose, la simulación, el engaño, pero sin ingenuidad esperando la victoria, solo era,... demorar la hora de la muerte.

Faltaba el armamento, entonces se cortaron ramas de los árboles y en ella se tallaron replicas burdas de fusiles, que los niños pusieron en sus hombros como si fueran ciertos y ensayaban apuntarlos como si tuvieran balas. 

Esas armas de juguete en mano de niños, completaban el atuendo para convertirlos en soldados.

El enemigo debía creer que eran un ejército y con sus máscaras de barbas y bigotes empuñando fusiles de palo pretendían parecer expertos veteranos de la guerra.

Quiero imaginar que en la noche antes de la muerte, esos pequeños jugaron con sus armas de juguete, ensayando poses de adultos, de guerreros enardecidos y bravíos, fingiendo actitudes y asustándose entre ellos.


Cuántas madres mientras disfrazaban a sus hijos en los momentos previos a sus muertes, habrán tenido el corazón estrujado, como nadie puede imaginarse.

Haga usted un esfuerzo para comprender el sufrimiento y valorar el espíritu indomable de esta raza de valientes, y trate de sentirse por un rato nada más en el cuerpo de esa mujer que preparó a su hijo que iba a inmolarse en nombre de la patria.

Ellos eran niños frágiles y pequeños, como es el suyo o el mío, o el de algún vecino, su nieto o un sobrino, que en este momento,... ahora,... está jugando,... durmiendo o estudiando para ser un adulto el día de mañana.

3.500 infantes de caras pintadas con carbón y de barbas postizas, que aun no conocían la vida y que tampoco tenían la suficiente comprensión para entender la injusticia de la guerra, y la eternidad de la muerte. 

Corazones candorosos en donde no podían caber aun la maldad ni el odio. Imitando el ejemplo de sus mayores y de sus padres jugaban a la guerra en serio.

Batalla de antónimos y controversias. Niños que querían parecerse a adultos, a monstruos de la guerra, disfrazados para ahuyentar al enemigo impío. Enemigos que eran monstruos verdaderos, sobrados de crueldad y de barbarie, que no vencieron a esos niños que eran ángeles.

Los enemigos en esa batalla perdieron el honor y la vergüenza. Esos niños muertos ganaron la gloria y certificaron con su sangre el heroísmo jamás igualado por ningún pueblo de la historia de América y del mundo.

El 16 de Agosto en todo el Paraguay en su homenaje se recuerda el día del niño, en la memoria de aquellos héroes infantiles de Acosta Ñu.

Esos tres países enemigos de entonces ocultan en su recuerdo, la vergüenza de una cobardía sin límites, de ese acto cometido por sus gobiernos que avalaron la masacre, por eso ni en sus libros ni en sus relatos a los niños de las escuelas les cuentan esta historia.

Relata el columnista del diario del Dorado Brasil. Brígido Ibanhes. Los enemigos extendieron en circulo los 20 mil soldados que disponían con la intención de cercar al ejercito paraguayo, que pretendía parecer muchos...

Al toque de clarín, atacó la caballería imperial. Se precipitó rasgando el suelo, y a golpe de espada iba degollando niños y mujeres que se agarraban con desesperación de muerte a las patas de los caballos en que iba montado el enemigo.

La lucha tenia violencia de furia infernal... Cuando las madres percibían que sus hijos se herían de muerte, se arrojaban sobre ese cuerpo infantil que era carne de su misma carne y los estrangulaban con sus propias manos, para que esos inocentes se murieran pronto. Y de inmediato ellas se tiraban contra la punta de las lanzas de los enemigos buscando en su propia muerte, el alivio a su desesperación de madre.

El refinado Gastón de Orleans o Conde D' Eu cuando advirtió el engaño, en vez de detener la lucha ordenó incendiar el campo, como ya lo había hecho con el Hospital de Sangre de Piribebuy, hacia 4 días. 

El fuego se extendió rápidamente alimentado por la maleza alta y por el viento fuerte y en medio del crepitar de las lenguas de fuego oíanse los gritos de dolor y de agonía y se veían cuerpos envueltos en llamas corriendo con las ropas incendiadas o con el cuerpo desnudo convertidos en antorchas humanas, para luego caerse y quedar tumbados, rígidos, como estatuas caídas de su pedestal, representando con su gesto último el dolor y la desesperación.

Cuerpos carbonizados, enjutos, retorcidos y de pequeñas dimensiones porque eran chicos que no tenían mas de 9 a 14 años.

En medio de las matas oscuras echando humo, mal iluminada por el resplandor claro rojizo del fuego que aun quedaba, se escuchaban por todas partes los quejidos y los gritos de dolor que salían de esos pechos infantiles moribundos.

Era el propio lamento de una nación y de su raza que habían preferido la muerte a ser avasallada, exterminada en baño de sangre y de horror.

El olor fuerte, fétido de la carne carbonizada de los que habían muerto, fue la tortura del Dr. John Smith, médico inglés al servicio del ejército invasor. Ya en la mañana del día 17, cuando el sol apenas había asomado en el horizonte y se mantenía aun el tufo caliente del incendio en aquel holocausto de inocentes, en medio de la cenizas y el carbón de los cuerpos calcinados, el médico parecía un alma en pena vagando por los vericuetos y rescoldos del infierno, dos auxiliares enfermeros y algunos soldados de patrulla lo acompañan, todos tapándose la nariz con una mano. 

El silencio era mortal en ese cementerio a cielo abierto, y cuerpos insepultos, recién inaugurado.

Lo que se ve es horror, que no conoce piedad ni se dobla de compasión ante el dolor y el sufrimiento, trozos de carne pisoteadas, cuerpos sin cabezas desparramados por el suelo, chicos tendidos, boca arriba con los ojos abiertos como interpelando el cielo; un bigote trazado con carbón en una cara infantil y el barbijo de crin corrido de la barbilla al costado de una oreja, eran una macabra burla a la cobardía enemiga y una tardía e inútil suplica a la injusticia de la muerte.

En esos cuerpecitos retorcidos, las quemaduras hicieron que las carnes se desprendieran de los huesos como si fuera gelatina derretida. 

El Dr. Smith, con el pañuelo anudado en la nuca, para proteger la nariz, estaba por sentarse en un tronco caído, cuando percibió que un soldado brasileño maniobró su fusil y apuntó en dirección a un conjunto de plantas de bananas.

Que vio soldado, le dijo.
- Allí hay gente doctor.
- No tire!, ... le ordenó el médico.

El inglés se aproximó con cautela y vio un brazo infantil agarrado al tronco, después un par de ojos asustados y luego otros dos. Apartó la hoja seca del banano y con sorpresa descubrió entonces,... dos criaturas abrazadas de espanto: un varón y una nena.

Aproximó la mano al más pequeño para tocarle la frente, pero el chiquito fue más ligero y escondió la cabeza entre las piernas adoptando la posición de quien espera el golpe de la muerte.

La nena entonces se abrazó al tronco del bananero y comenzó a temblar de miedo. El médico le tocó suavemente la mano y luego se agachó y acarició los cabellos del niño que continuaba paralizado por el pánico.
- Salgan, no vamos a lastimarles, les hablo en español.

De a poco los brazos en torno del banano se fueron aflojando y la cabeza escondida entre las piernas comenzó a levantarse, Aquellas dos criaturas milagrosamente, fueron las únicas sobrevivientes de la brutal carnicería.
 - No tengan miedo...

El más chiquito con los ojos desorbitados miró hipnotizado al soldado con el arma todavía apuntando a su cabecita tambaleante. 

- ¡Baje esa arma soldado,...aquí ya no hay más nadie para matar!,...le ordenó el galeno. 

El Dr. Smith llevó a los niños y los crió en su estancia llamada "Casa Blanca", en Concepción. Al varoncito le dio el nombre de Bernardo y a la nena la llamó Belén.

Ya de grandes, como no eran hermanos, acabaron casándose y fue así que nació Narciso el abuelo de Raufi Marques el brasileño que cuenta esta historia en su libro "Ñande pá".

Más allá de las fronteras y en la comodidad de sus despachos, se producían manifestación de estímulos a la masacre como las de Sarmiento: que escribe a Manuel R. García, ministro argentino en Washington, diciéndole: "La guerra está concluida, aunque aquel bruto (por Francisco Solano López), tiene todavía 20 piezas de artillería y dos mil perros que habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos, ni a la compasión mueve ese pueblo rebaño de lobos".

En otra carta expresa entre otras cosas, " a los paraguayos hay que matarlos en el vientre de sus madres". Dice José María Rosas, escritor e historiador  argentino.

"Y entre esos perros,... irá Sarmiento a pasar sus últimas horas. Fue tanta la grandeza del pueblo paraguayo que hizo a su detractor el homenaje de poner su nombre a una calle de Asunción."

Esa calle a la que se refiere, es la que corre al costado del Hotel del Paraguay y del Colegio Internacional en Asunción.

Llevaba el nombre del blasfemo e injuriante que se llamó Domingo Faustino Sarmiento. Hoy la calle tiene nuevo nombre "De Las Residentas", dignificando a esos vientres que profanó Sarmiento y que nos gestaron a nosotros, los paraguayos que hoy somos.

Y otra vez fue el fuego,... y de nuevo en el mes de Agosto, el 1°, el 12 y el 16 todos del mismo mes. Ycuá Bolaños, Piribebuy, Acosta Ñu.

Destino ígneo de tantos inocentes en el fatídico Agosto paraguayo de fuego y muerte.

El 16 de Agosto es el día del niño. Jamás podría considerarlo una fiesta. No podría faltársele al respeto,... a esos gigantes héroes de cuerpecitos diminutos muertos en Acosta Ñu,... ¡no tenemos nada que festejar en este día de recuerdos!.

Debemos guardar, para otra oportunidad,... con disimulo, el gozo intimo de tener a nuestros hijos vivos. Sin hacer ostentaciones. 

Esa fecha nunca será feliz en el Paraguay,... como no puede ser el 1° de Agosto para los parientes y amigos de los que murieron en Ycuá Bolaños.

Porque los niños y sus padres de hoy, son los deudos y herederos de ese pueblo de la guerra cuyos niños se murieron en Acosta Ñu, en esa fecha.

Sin embargo, los países que masacraron a nuestro pueblo, no tienen de que dolerse, festejan sin reproches el día de sus niños, en otra fecha propiciados por los comerciantes con la intención de aumentar sus ventas, ocultando un deseo mercantilista y especulador.

Nosotros no; esta conmemoración está fundada en el recuerdo imborrable del sacrificio de esos niños, en la muerte de ellos que nosotros recordamos con la presencia de nuestros hijos vivos... en la profunda sensibilidad de nuestro pueblo y en nuestro destino trágico.

Búsquese otro día para fiestas, esta no es la fecha para la alegría o el jolgorio. 

Viajero que vas rumbo al Este. Cerca de Barrero Grande, sobre la mano derecha de la ruta que va al este, hay una cruz.

Y un monumento,... allí está el campo en donde se desarrolló la batalla más triste de la historia, gloria de la patria, baldón y oprobio para el invasor.
     
Recógete al pasar y guarda un momento de silencio para evocar en tu memoria, el sacrificio de estos niños, el dolor de sus madres y la gloria de la patria.

Reza una oración corta si eres creyente, y si no,... bésalos en tu corazón y promételes a esos niños muertos, que le contarás el drama a tus hijos y a tus nietos, para que ellos cuando enfrenten en sus vidas la dificultad o se sientan desfallecer ante el fracaso encuentren fuerza en el recuerdo del coraje de  estos chicos que se imaginaron hombres para hostigar a la muerte,... piensa en ellos,... ¡todavía eran niños!

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