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sábado, 3 de septiembre de 2011

Mi perrita negra

Cuento corto de Ricardo Steimberg, extraído de su libro "Son cosas de chicos"

Un año más tarde, del desagradable episodio del rayo, ocurrió otro hecho significativo en mi vida. Hasta esa fecha solo habíamos vivido en casa o departamentos. Pero allí, en Puente Roca, el contacto íntimo con la naturaleza, despertaba en mí, sentimientos encontrados.

Por un lado, lo novedoso de toparme a cada instante con seres vivos, que se movían, sin necesidad de mi intervención. Eso realmente me fascinaba. Pero también generaba temor ante formas desconocidas, algunas tan o más grandes que yo.

A esto se le sumaba una sensación, nueva para mí, como movilizarme a mis anchas, sin cuatro paredes como límite. Esa sensación de libertad, de correr a lo largo y no en círculos, como siempre lo hice; estimulaba mis cinco sentidos y excitaba mi curiosidad.

A pesar de ser sociable, no había muchos chicos de mi edad por el vecindario. Los había mayores que yo o bien mucho más niños. Aquel lugar era un sitio de casas quintas. Durante la semana casi no había movimiento por allí. Por eso nos sentíamos solos.

Pero sábado y domingo, el lugar se transformaba, y entonces, parecía el paraíso. Desde temprano llegaban los automóviles, desde Buenos Aires. De ellos bajaban niños y niñas deseosos de olvidarse, del ahogo de vivir encerrados en un departamento.

Luego de los primeros minutos de silencio, inundaban la calle, con un griterío infernal. En un pestañeo, se organizaban los distintos juegos, casi sin conocerse. Se dividían en dos grandes grupos. Los varones, iban detrás de una pelota, o jugaban a los piratas, o Tarzán, muy de moda por aquella época.

El balero, yo-yo, las figuritas, las bolitas, y demás juegos sedentarios, eran reservados para los días de lluvia. Las niñas en cambio, saltaban a la cuerda, corrían carreras, jugaban rayuela. Los más afortunados, disfrutaban paseando en bicicleta por los alrededores, sin alejarse demasiado.

Esto era lo que sucedía en primavera y verano, pero durante el fin del otoño y todo el invierno, aquel sitio parecía Siberia. Por lo tanto Norma y yo nos sentíamos muy solos. No había con quien jugar. Era algo complicado para que mis compañeros vinieran a casa, ya que se encontraba lejos del centro de Castelar.

Pero sucedió algo que cambio mucho mi perspectiva sobre las cosas. Muchas veces le pedí a papá y a mamá, que me dejaran tener un perrito. Pero siempre me lo negaron. Las razones impuestas, en aquel entonces, me resultaron arbitrarias, hoy las veo muy razonables.

Ninguno de mis padres quería responsabilizarse con un animalito en  casa. No era solo traerlo. Con eso comenzaba el problema. Llevarlo al veterinario, controlar sus vacunas, cocinarle comida apropiada a horas regulares, sacarlo a pasear con la correa, mantener limpio su plato y su bebedero, bañarlo una vez por semana, etc, etc, etc.

La técnica para vencerlos era muy simple. Insistir hasta el cansancio, uno o dos días y luego descanso una semana, para luego volver a insistir. Pero como descubriría, con los años, las mejores cosas de la vida caen de sorpresa. Cierta tarde, aburrida como  siempre, mi mamá nos pidió que la acompañáramos hasta la casa de su modista.

No recuerdo si lo mencioné, pero a excepción de la Avenida Martín Fierro, que unía el Partido de Morón con el de Moreno, que estaba  asfaltada; el resto de las calles eran de tierra. Intransitables durante la época de lluvia, y polvorientas el resto del año. Y eso la hacía aún más atractivo para Norma y para mí.

Apenas ella golpeó sus manos, apareció la señora que cosía su ropa. Nos hizo pasar, a su patio. Antes que mi hermana y yo las siguiéramos, como perritos falderos, nos hizo una seña para que nos quedemos afuera y observemos si había algo de allí que nos gustara. Mi mamá nos miró a ambos, con esa sonrisa tramposa que tanto conocíamos.

La modista nos condujo hasta un cuartito del fondo, y nos dijo que espiemos adentro. Asomé entonces mi cabeza y aún estando  enceguecido con la intensa luz de la siesta, pude divisar en el piso, sobre una bolsa de arpillera, a seis perritos, muy chiquititos, llorando y gimiendo, intentando caminar a los tumbos.

Eran tan pequeñitos y graciosos como hechos de peluche. Verlos así,  tan indefensos, hizo surgir en mí, un deseo paternal de protección. Ellos no tenían mamá, porque había muerto de un ataque al corazón, durante  el parto. A todo esto la mía y la modista se alejaron, dejándonos en muy buena compañía.

Conocíamos muy bien a nuestra mami. Norma y yo nos miramos fijamente y deliberamos. Ella jamás nos traía a la modista porque siempre demoraba una eternidad. Allí no había chicos porque todos estaban casados y casado casa quiere. Por lo que la señora y el señor vivían solos. De ahí nuestro aburrimiento.

Nos trajo por algún motivo especial y ese algo se nos hizo que tenía   cuatro patitas, una cola y hacía guau-guau. Por lo tanto empezamos a elegir con cuál nos quedaríamos. Todos eran lindos y la elección era muy difícil. Pero uno de ellos enseguida se destacó de aquel grupo.

Era un perrito totalmente negro de pelaje reluciente. Era el más bravo de todos. Ni se podía tener en pie, pero gruñía y ladraba a sus hermanitos. Fue solo vernos para enamorarnos a primera vista. Y de inmediato le buscamos un nombre adecuado a su figura.

Andábamos en eso, cuando de pronto, mamá regresó. Luego de probarse mil veces y volver loca a la pobre señora; nos pregunta qué nos parecían. Todos son divinos, respondimos a dúo. ¿Y cuál les gusta más?, dijo mamá, a quemarropa. Aquel negrito le contestamos.

Esa es una perrita, una hembrita, no un perrito, dijo la modista. Mamá la miró con desagrado, pero enseguida disimuló. ¿La podemos llevar ahora a casa?, preguntó mi hermana. Hoy no, primero lo tenemos que consultar a papá. Si él está de acuerdo, no hay problema.

De golpe, Norma y yo nos sentimos derrotados. Nuestras caras lo decían todo. Los tres regresamos a casa, sin pronunciar una sola palabra. Convencer a mamá siempre era difícil, pero con papá, era como tener el no por anticipado.  Por lo tanto la batalla se encontraba totalmente perdida. No habría ningún perrito en casa y seguiríamos tan solos y aburridos como siempre.

El primer domingo que tuvimos, después conocer a la perrita, ocurrió un verdadero milagro en nuestra casa. Norma y yo, nos habíamos ya resignado a no tener a la cachorrita, en casa, atrás de nuestros pies. Sin embargo papá nos llamó para una reunión familiar. Me preguntó si yo aún deseaba tener a aquella perrita.



La respuesta no se hizo esperar, contestándole afirmativamente. Nos dijo entonces que tendríamos su permiso con la única condición que nos encargáramos totalmente de ella. Salvo lo del veterinario y comprarle la comida, que corría por cuenta de mamá, el resto corría por nuestra cuenta.



En caso que no fuésemos responsables de tener un animal en casa, sería devuelto o donado a quien se hiciera cargo de él. No dudamos un solo instante y dijimos a coro que el trato estaba hecho. Está bien, dijo papá y a continuación le salieron las palabras más esperadas por mí, hasta ese momento: vayan a traerla.

Sería redundancia decir que no tuvo que repetir nuevamente esta última frase, ya que antes que la terminara, estábamos justo en el portón de calle. Nunca corrí doscientos metros tan rápido como esa vez. Era aún temprano, pero igualmente golpeamos las manos. La señora no nos hizo esperar. Descubrí entonces toda la farsa, pero eso no me importaba. La perrita era nuestra e iba a su nuevo hogar.

Mientras Norma la traía cargando en sus brazos, yo portaba una vieja canasta de mimbre, que sería, su cunita, al menos por un tiempo. La llegada de la perrita, revolucionó toda la casa. Ella dormiría en nuestro cuarto, con el compromiso de llevarla a su lugar definitivo, cuando pudiera valerse por sí misma.

Sin embargo, así como llegó, así se fue. Al cuarto o quinto día que “Negrita” se incorporó a nuestra familia, ocurrió una verdadera desgracia. Ella, curiosa como era, comenzó a reconocer sus nuevos dominios. Nuestra atenta mirada no podía estar pendiente de todos sus movimientos. Por lo que en un descuido nuestro, salió a la calle, por un boquete en el alambre tejido y nunca más la volvimos a ver.

Contarles las lágrimas que Norma y yo derramamos, no se comparan con las del Paraná. Tampoco la tristeza y el profundo dolor por la pérdida. Buscamos hasta el último agujero de aquel barrio y nada. Tiempo después supimos que un auto se detuvo al verla tan linda, la alzó.

Con tal que no llorásemos más, se nos prometió otro animalito igual. Tardé varios años en reponerme. Hasta llegué a tener 17 a la vez, todos recogidos de la calle, pero tan bravos como fieles. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo la dulzura y la ternura de “Negrita”, que, a su manera, fue mi primer amor.

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