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jueves, 24 de mayo de 2012

Colaboración de Ricardo Steimberg 

De Semana.com – Colombia
"Romeo es independiente y no le hace favores al poder"
EN PLATA BLANCA Stephen Ferry, fotógrafo y corresponsal norteamericano que ha trabajado al lado del periodista francés desaparecido, habla de Romeo Langlois, su compromiso con el trabajo y de las dificultades de ejercer como reportero de guerra en el país.

“El Ejército siempre ha sido reacio a llevar corresponsales al combate”

MARIA JIMENA DUZÁN: Según Anncol, Romeo estaba haciendo labores propagandísticas para el Ejército. Y según muchos analistas de escritorio, comprometió su independencia al subirse a ese helicóptero militar. ¿Quién es Romeo Langlois?

STEPHEN FERRY:
 Toda esta discusión me da mucha tristeza porque se está desconociendo el trabajo serio e independiente de Romeo. Obviamente eso que se dice en Anncol es un absurdo. La trayectoria de Romeo es la de un periodista independiente que no le hace favores al poder y que ha hecho trabajos sobre todos los actores del conflicto. Tampoco es un Rambo que disfruta de la guerra y de la acción, como muchos podrían creer. Por el contrario, su preocupación ha sido la de mostrar la realidad de las víctimas y de las comunidades más necesitadas, contrario a otros periodistas que solo hablan con oficiales o hacen sus trabajos desde la comodidad de sus escritorios. Espero que las Farc entiendan eso. (Ver reportaje sobre el oro, de Romeo Langlois al final de la entrevista)

M.J.D.: Muchos son los periodistas que nos hemos subido a un helicóptero militar y que nos hemos puesto un chaleco y un casco como lo hizo Romeo Langlois. ¿Acaso eso compromete la independencia del periodista? ¿Usted no ha estado en situaciones parecidas?

S.F.:
 Sí, claro. Pero eso no afectó mi independencia. ¿Cómo creen que el mundo se informa de lo que sucede en la guerra de Afganistán o en la de Irak sino es por periodistas que se montan en esos helicópteros y toman fotos y hacen sus historias? Doy un ejemplo. En una ocasión yo estuve con un batallón de contraguerrilla en la Sierra Nevada durante diez días. Yo dependía de ellos por la logística. Llegué en un helicóptero con ellos, comí con ellos, pero la información que yo divulgué mostró el maltrato de ciertos soldados hacia algunos indígenas. Ese no era mi propósito, pero eso fue lo que vi. Pero le digo otra cosa: el Ejército siempre ha sido reacio a llevar corresponsales al frente de combate.

M.J.D.: No solo a corresponsales extranjeros, también a periodistas colombianos. ¿Qué cree entonces que sucedió en el caso de Romeo Langlois?

S.F.:
 Creo que lo llevaron porque el Ejército no pensaba que iba a haber un desenlace como el que se dio. Y aunque suene duro decirlo, infortunadamente este tipo de riesgos como los que tomó Romeo son normales en el trabajo periodístico. Cuando uno entra a una zona de las Farc uno tiene que ser muy claro con ellos. Yo siempre les digo: "miren: quiero andar con ustedes, quiero fotografiarlos, pero no estoy acá para hacerles favores". Yo hago siempre eso, para evitar que ellos tengan una expectativa que no es la correcta. Hay también que tomar precauciones. A mí no me gusta utilizar el clásico chaleco de fotógrafo porque tiene muchos bolsillos y me confundo. Pero aquí en Colombia no solo lo uso, sino que le mandé poner por detrás en letras grandes: 'PRENSA EXTRANJERA', pero el señor no lo puso bien y quedó 'PRENSA EXTRANGERA', con lo cual soy aún más extranjero.

M.J.D.: ¿Y no ha habido momentos en los que la guerrilla piensa que usted por ser gringo es un agente de la CIA?

S.F.:
 Yo le debo mi vida a dos periodistas colombianos: Robinson Sáenz y Carlos Alberto Giraldo, de El Colombiano, con los que fuimos a cubrir una matanza paramilitar cerca de Segovia. De pronto, llegó una columna del ELN y el comandante me quería llevar. El argumento de él era que yo tenía que ser de la CIA porque era gringo. Sacando arrestos de donde no tenía, le dije que su organización no tenía la política de "retener" a periodistas. "A mí me ha tocado retener hasta a la Cruz Roja, así que no me joda", me respondió. Les ordenó a los periodistas colombianos que se fueran y que yo me quedaba, pero ellos rehusaron a irse. Tomaron ese riesgo. Duramos un día entero hasta que me dejó ir.

M.J.D.: ¿Lo han acusado en algún momento de ser caja de resonancia del terrorismo, como nos ha pasado a tantos periodistas colombianos?

S.F.:
 Es cierto que en algunos ambientes hay la sospecha de que si uno va a hablar con la guerrilla se convierte en una caja de resonancia del terrorismo. Pero en general son ustedes los periodistas colombianos los que corren los mayores riesgos. Y quienes pagan el precio más alto. Hasta ahora, los grupos armados no se han metido con los corresponsales extranjeros. Aparte de un secuestro de diez días de unos compañeros, de Ruth Morris y Scott Dalton, por parte de los elenos hace como ocho años en Arauca, no había habido ningún incidente.

M.J.D.: ¿Y no será, Stephen, que por cuenta de ese alto costo que hemos pagado los periodistas que cubrimos el conflicto en Colombia hemos pasado a la autocensura, como lo advierte el último informe sobre libertad de prensa en Colombia, y ahora son periodistas como Romeo Langlois quienes lo están cubriendo?

S.F.:
 Desde mi punto de vista, los periodistas colombianos siguen siendo muy valientes y muy respetables. Eso lo veo sobre todo en las regiones, donde los riegos son mayores. El libro que acabo de sacar, Violentología, está pensado como un homenaje al trabajo que han hecho ustedes. (Ver fotos en Violentología: un manual del conflicto colombiano: www.violentología.com)

M.J.D.: En ese libro usted saca la famosa fotografía de Íngrid Betancourt, secuestrada en la selva, que le dio la vuelta al mundo. Si hay una foto que refleja el drama del secuestro es esa. ¿Sabe usted quién la tomó?

S.F.:
 Es de un fotógrafo anónimo de las Farc. Y creo que, a pesar de su carga emotiva, fue una foto muy planeada que Íngrid debió pensar mucho. Lo digo por la forma como quedó su pelo, la posición de la cara. La foto tuvo el efecto deseado: sirvió para movilizar a muchas personas en el mundo en favor de su liberación.

M.J.D.: ¿Cuál diría usted que es la foto que capta la complejidad del conflicto colombiano?

S.F.:
 La que puse en la carátula de mi libro, hecha también por un fotógrafo anónimo: el Cristo campesino. Fue tomada en 1954 en el Tolima. La foto fue recuperada por el equipo de monseñor Guzmán, del grupo de los violentólogos. Esa foto ha sido trabajada por distintos artistas colombianos y me parece emblemática.

M.J.D.: Otra foto que me impacta de su libro es la de Jorge 40. Muestra unos ojos penetrantes que dan susto.

S.F.:
 Sí, esa la tomé en una de sus versiones en Justicia y Paz que él dio en Barranquilla. Ese señor tiene una mirada escalofriante y cuando lo vi por mi teleobjetivo quería tomarle las fotos, pero con los ojos cerrados. No quería estrellarme con su mirada.

M.J.D.: ¿Hay un protocolo para que los periodistas cubramos una guerra como la que ha vivido Colombia?

S.F.:
 Yo creo que todos tenemos el protocolo de ser honestos. De no presentarnos diferentes de lo que somos. Y si la versión de que Romeo se quitó el chaleco y el casco cuando empezó el combate es cierta, hizo lo correcto. Hay que identificarse inmediatamente. Ahora, según las pautas del DIH, si uno se monta a un vehículo oficial y le disparan, ese riesgo tiene que haberse presupuestado. Esa es la verdad.

M.J.D.: Yo he tomado muchos riesgos en mi vida para informar este conflicto y no sé si los tomaría ahora de la misma forma. ¿Qué mueve a un periodista extranjero como usted o como Romeo a tomar esos riesgos?

S.F.:
 Personalmente no me considero muy valiente. He ido lento y prudente. Yo siempre escucho al miedo. Y si siento miedo, no voy al lugar. Pero a veces toca. Creo en la importancia de documentar cosas para que no queden en el olvido. Por eso soy fotógrafo. Pero, además, mi país también está involucrado en esta guerra. Y sin entrar en un debate sobre la política estadounidense en Colombia, es claro, como se ve en mi libro, gracias a la evidencia producida por periodistas colombianos, que la versión oficial de que en Colombia ya no pasa nada y de que todo está bien no es cierta.

M.J.D.: ¿Los periodistas deben ser neutrales, como dijo hace poco un editorial del diario 'El Tiempo'?

S.F.:
 En términos militares, creo que sí. Un periodista no debe dar información a otro bando que podría ayudarles militarmente. Si yo voy a la guerrilla y ellos me dejan entrar a fotografiarlos, no voy a decirle luego al Ejército dónde quedaba el campamento. En cuanto a si es mejor salvar una vida o hacer una historia, yo prefiero salvar una vida. En eso no soy neutral.

M.J.D.: ¿Y eso le ha pasado en Colombia?

S.F.:
 Le confieso que no he querido involucrarme tanto. Estuve una vez en una comuna de Medellín con una banda de sicarios y empezaron a decir que iban a matar a una señora al otro día. Y me fui, dejé la nota. Si yo me quedo, me dije, tengo que actuar y no sé cómo hacerlo. ¿Busco a la señora para advertirle? Pero, ¿y si luego ellos vienen y masacran a su familia? Me volví un ocho…

M.J.D.: ¿Cómo definiría a Colombia después de haber vivido diez años en el país?

S.F.:
 Para mí Colombia es un misterio dentro de un enigma. ¿Cómo así que un país tan extraordinario, tan bello y con tanta creatividad tiene esta corrupción y esta violencia?

M.J.D.: ¿Qué le diría a Romeo?

S.F.:
 ¡Que coraje, mi hermano!... Que estamos pensando en ti. Que esperamos que estés bien. Que sabemos de tu profesionalidad y de tu buen juicio.

M.J.D.: ¿No cree que este secuestro se puede volver como el de Íngrid?

S.F.:
 No quiero pensarlo así. Sería terrible y haría de nuevo mucho daño a la imagen de las Farc. Nadie entendería que una guerrilla que libera hace un mes a los últimos soldados y policías que tenía secuestrados y que anunció que iba a dejar la práctica abominable del secuestro, podría volver tan rápidamente a hacerlo.

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