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jueves, 4 de septiembre de 2014

LA ARAÑA Y LA FABRICA

Estación del Ferrocarril
Por Salvatore Brienza
A quien le toca hablar por el micrófono, lo hace convencido. Recuerdan que le deben dinero por su trabajo, su caña de azúcar, sus horas en la fábrica o su aporte al IPS. Los dirigentes sindicales hablan de seguir defendiendo a sus hermanos obreros. La maestra relata que sus alumnos ya no vienen a estudiar.
Las historias van y vienen frente al micrófono, en la eterna marcha a ningún lado como los “prisioneros del Tevegó” que relataba Roa Bastos en su "Yo, el Supremo".
De médicos que no cobran por atender a los enfermos, pero que siguen el juramento  hipocrático. Por farmacéuticos que dan remedio sin remedio, y solo “fiado”. El despensero que llora las deudas y solo se atiene a decir “No te puedo dar fiado, pero Don Fulano sí puede, tereho upépe (ándate allá)”.
Al final, son todos vecinos, compadres, amigos de infancia y compueblanos. Es un destino común.
Antigua bodega de Vinos Clarín e Iturbe

Ellos tienen conciencia de su realidad. La de un pueblo en terapia intensiva. Y en la inconciencia  está una empresaria que vive en un país de maravillas. Que cree estar ante un pueblo lleno de cretinos. Que los mismos seguirán escuchando sus palabras “engañosas”.  Que su voz será escuchada y acatada, porque en sus mejores épocas,  se le decía “Doña Ema” y todos la respetaban al ser una de las dueñas de la azucarera. Que todos saldrán de su camino cuando ella se ponga a caminar por la ciudad.
Ella ya no es la dueña, dejó de ser la señora de la empresa. Hoy los dueños son los obreros, choferes, peladores, productores de caña, carreteros y todos los que en la cadena de pagos no reciben pagos.
Pasó de ser la señora Ema, de la casa de color amarillo camino a la azucarera,  a una gran embustera.
Puente sobre el Rio Tebicuary-mi
En un pueblo que se resiste a morir por tener dignidad, ella no la tiene y menos aún sus socios de la azucarera.
Este pueblo está lleno de personas que sufren día a día la realidad de la empresa y hoy los medios de comunicación descubren una realidad que se grita hace más de 20 años.
Un grito que los trapiches han quedado moliendo en el silencio de la fábrica. De la sirena que no canta su llamado a los obreros que antes sudaban en sus intestinos. De las grandes grúas que solo levantan el recuerdo de sus mejores tiempos.
Las calderas no generan ni calor, ni vapor y menos electricidad. Las manecillas de las válvulas están eternamente quietas. Todas están en cero, donde tres o cuatro centímetros de movimiento era estar viva y funcionando a plena producción.
Antigua casona en Iturbe
Una araña cruza sobre un tablero que dicen ON, en color rojo, pero no tiene fuerza. Un “amberé” (lagartija) está por comerse a la araña. Aunque tuviera el apoyo de su depredador tampoco lo podrá encender. La araña la intenta mil veces. Y aun así, no desiste.

La fábrica no funciona sola. La araña no es consciente, que siempre funcionó con los brazos de los obreros. Hoy, todas esas personas están muriendo con la fábrica, con dignidad…, pero muriendo.

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