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lunes, 14 de agosto de 2017

EL DENTISTA DEL DIABLO

Horacio Melgarejo era un empresario exitoso, había comenzado casi de la nada y de a poco fue construyendo un gran imperio. 

Tuvo la suerte que un tío lo llevara por 3 meses de vacaciones a Buenos Aires y así conocer a sus primos. 

Durante ese verano, aprendió mucho y también trabajó bastante ayudando en la pizzería que Don Cosme tenía en el barrio porteño de Flores. 

En poquito tiempo, ya sabía todo el proceso y eso que apenas tenía 14 años. A partir de eso, empezó a planear con cuidado, todo su futuro. Estudiaría Administración de Empresas, cuando regresara a Paraguay. Como sus padres no eran pudientes, trabajaría como “burro alquilado” para pagar sus estudios y en lo posible, ahorraría todo lo que pudiera y para poner un local mucho mejor que el de su tío.

Algo menos tradicional y mucho más de acuerdo con los tiempos que se vivían. Dicho y hecho, pasado algunos años, pudo cumplir con todo lo que había pensado. Incluso la realidad superó a todos sus sueños juveniles. Pudo abrir una cadena de pizzerías para llevar, con sucursales en todas las grandes ciudades del país. Eso llegó a convertirlo en el empresario más joven y prometedor que había dado su comunidad. 

Por el camino conoció a Teresa y rápidamente se enamoró de ella, no pasando mucho tiempo para que la pidiera en matrimonio. Todo iba de maravilla en su vida. Tenía el amor de una buena mujer, suficiente dinero para tener una vejez tranquila y seguramente ya vendrían en cualquier momento los hijos. No se había olvidado de su época de extrema pobreza, así que le compró una linda casita a sus padres y una para cada uno de sus 4 hermanos. 

Así es que Horacio ya no tenía nada que reprocharle a la vida. Solo que nadie hace una fortuna así, de la noche a la mañana, sin una pequeña ayuda. Para Horacio, Dios estaba siempre demasiado ocupado para conceder pedidos, por lo tanto recurrió a su competencia más cercana. Hizo un pacto con el señor de los cuernos y como otros, le vendió su alma, por fama y fortuna. 

Horacio era una persona valiente y decidida, que tomaba siempre decisiones importantes, especialmente en los momentos más adversos, sin embargo… él tenía su Talón de Aquiles, un lado flaco que solo dos o tres personas sabían. Un terror verdaderamente espantoso a los dentistas. Muchos lo tienen, pero ninguno al grado superlativo que tenía Horacio. A todo esto, había empezado a molestarle un diente de arriba, que lo estaba volviendo loco de dolor. 

Por ese motivo y conociéndolo ya, su esposa le insistió en hacer una cita con Leonardo, su amigo de la infancia y excelente dentista, recibido en Estados Unidos. Lo que comenzó con un dolorcillo sin importancia, luego de varias postergaciones, se agravó hasta hacerse insoportable. Cansada de escucharlo quejarse y a pedido de la secretaria de Horacio, y también harta de escucharlo quejarse y asustada con verlo tomar tantos calmantes; se comunicó con la esposa. 

Esta, sin dudarlo un solo segundo, confirmo la cita para las 14 horas de ese mismo día, con la secretaria de Leonardo, el dentista. Así, que directamente se lo comunicó a Horacio y no le permitió, al menos esta vez, que le viniera con los viejos cuentos chinos, con los que él acostumbraba a zafarse de las consultas. También le comunicó que pasaría por la oficina para acompañarlo y evitar así que huyera cobardemente como un chico. Cosa que ya hizo en varias oportunidades.

Dicho y hecho, la mujer se presentó en la oficina a las 13 y 30 y como rayo fue hasta el despacho de Horacio y allí se quedó hasta que este dejara despaciosamente todo bien ordenado a su bendito escritorio. 

Esto la hizo enojar a ella, ya que estaban con el horario justo para llegar a la cita sagrada. 

Quiso hacer una parada en el bar de enfrente, para tomar algo bien fuerte, para darle más valor, de enfrentar al torno de Leonardo. Pero ella no se lo permitió. 

El reloj de la sala de espera marcaba exactamente 13: 50. Se podía escuchar el ruido chirriante de la turbina del torno y eso le ponía a Horacio todos los pelos de punta. Ya sus manos habían comenzado a sudar y varios ligeros espasmos anunciaban sus prontos deseos de ir al baño y no precisamente a orinar. Su mujer que le conocía todas sus mañas y temores, le apretó suavemente su mano, como para que sintiera que estaba con él, en este momento aciago y funesto. 

Horacio no encontraba una posición cómoda para sus nalgas en aquel maldito silloncito. Las revistas viejas, que la secretaria había desparramado sobre la pequeña mesita, no le llamaban la atención para nada. 

Encima de un estante había una imagen de metal hecha por algún artesano y de muy mal gusto. Era la figura de un paciente donde el dentista, parado sobre sus rodillas le extraía una muela enorme. Odiaba aquella escultura metálica con toda su alma. Incluso ofreció comprársela a un buen precio, par luego destruirla completamente. 

Sus manos estaban empapadas de sudor y cada tanto, las secaba en su pantalón, sin que los otros pacientes de la sala se dieran cuenta de eso. Jamás creyó que su propia esposa lo traería prácticamente a la rastra al dentista. Sabía que eso era más que infantil, pero ese miedo era mucho más fuerte que él, y nunca lo había podido vencer, a pesar de todos esos años sufriendo con su pésima dentadura. 

A pesar de ser una persona muy observadora, en ese momento no estaba para nada que no fuera librarse de lo que sabía que estaba por venir. Escuchó que el torno se detuvo e instantes después, tras una breve charla, la puerta del consultorio se abrió. Una señora algo gorda se despedía. Entonces apareció Leonardo con una enorme sonrisa en la cara. Y en voz alta, dijo: “Que pase el valiente de Oklahoma”, la cara de Horacio se transfiguró en una fea mueca de desaprobación, mientras su esposa, se rió de buena gana.

Horacio, que ya estaba de pie, nervioso e impaciente como un león enjaulado, entró casi a empujones de su esposa. 

Preparado mentalmente para entrar al matadero y traicionado por su propia mujer, tomó asiento en el sillón de tortura. 

Teresa saludó a la secretaria del médico, ya que eran viejas amigas y compinches de secundaria. 

Luego se instaló en una esquina para no molestar el paso de los profesionales. 

Leonardo, con una sonrisa de oreja a oreja, que molestó sobremanera a Horacio, y sabiendo que se venían algunas de sus bromas pesadas sobre su cobardía y apretó con fuerza el brazo del sillón. El doctor le pidió que abriera grande su boca, más aquel lo hizo de manera tímida, que no servía para nada. Volvió a repetir su pedido, y esta vez lo hizo no como se esperaba, pero Leonardo aprovechó la ocasión. 

Cuando Horacio sintió el espejuelo y el gancho hurgando en su boca, un mortal escalofrío le recorrió toda su espalda. Comenzó a sudar en frío, y su presión a bajar peligrosamente. Leonardo que lo conocía muy bien, le preguntó si se sentía mal. Este le hizo una seña como para que siguiera adelante con su trabajo. Pero Horacio mintió para evitar bromas molestas. De golpe su vista se fue nublando, tornándose de un color rojizo intenso. 

Entonces apareció, ante sus ojos, la luz del reflector, con la cara de la secretaria de Leonardo luciendo una amplia sonrisa pero con unos cuernitos en su cabeza, todo velado por ese mismo color rojo. Ella le dijo, que venía a buscar su alma, como parte de la deuda que tenía con su jefe. Horacio se atragantó con la poca saliva que tenía en su boca. Esta ya estaba pastosa y de un gusto amargo. 

Tosió con ganas y Leonardo que lo veía mal, lo hizo respirar profundamente, hasta que recobrara sus colores. Pero cuando vio la cara de Leonardo con sus grandes cuernos y los ojos inyectados en sangre, otra oleada de sudor frio recorrió nuevamente su espalda. Quien le dijo que su jefe estaba ansioso por tener ya a su alma y que todos los plazos establecidos en el pacto se habían vencido, hacía un largo tiempo. 

Horacio sintió un fuerte pinchazo en el pecho y luego de tomarse con fuerza el pecho, suspiró con inusitada fuerza. Andá a llamar a la ambulancia, le dijo a su secretaria, quien corrió hasta la otra habitación para hacer la llamada. Teresa, se puso a llorar al tiempo que le tomaba una de sus manos y la apretaba con fuerza. Al otro día todas las sucursales de su pizzería, se mantuvieron cerradas, con un crespón negro y un pequeño cartel explicando lo sucedido, sobre la persiana metálica. 

En la sección de obituarios, de todos los periódicos de circulación nacional, se encontraba un pequeño artículo que informaba que Horacio había fallecido a causa de un repentino e inesperado infarto mientras era atendido por su amigo Leonardo. Lo que aquella crónica no mencionaba era que nunca uno debe tomar una deuda con aquellos seres que no perdonan nunca y mucho menos con los que viven en lugares donde el calor es sofocante durante toda la eternidad.

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