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miércoles, 2 de agosto de 2017

MIRANDO AL PODER

Por Salvatore Brienza

“Víctor Hugo dijo que el crimen es un golpe de Estado dado desde abajo. También para Nietzche el delito menor es una revuelta contra el poder establecido “ (Foucault, 2012)

La persecución política a través del discurso y las acciones que convierten en crimen un reclamo social o un acto político, me permitió recordar un extracto de la entrevista realizada por Robert Lefort, en 1977  en el capítulo denominado “Michel Foucault; la seguridad y el Estado” del  libro “EL PODER, UNA BESTIA MAGNIFICA” (Foucault, 2012). Este texto recopila entrevistas, escritos y cursos que dio Foucault en diferentes situaciones y que “revisa la función de la policía, las interpretaciones del terrorismo y de la violencia política, la medicalización de la sociedad y la situación de las instituciones penitenciarias” (Foucault, 2012). También nos habla de cómo se fueron ejerciendo el poder y se construyeron ciertas normas que hoy, parecieran naturales; pero que sirvieron, y sirven aún, para estigmatizar al enemigo y conseguir etiquetarlos como delincuentes o criminales.
En la entrevista le preguntaron: “¿Las víctimas de la represión son un potencial revolucionario?”. A esto Michel Foucault responde que “El problema es importante y muy interesante: es la cuestión de la significación del valor político de la trasgresión, la criminalidad. Hasta fines del siglo XVIII pudo haber una incertidumbre, un pasaje permanente del crimen al enfrentamiento político. Robar, incendiar, asesinar, era una manera de atacar el poder establecido.”
Luego añade que, a partir del siglo XIX, el nuevo sistema penal  tenía por objetivo real de “crear una esfera criminalizada específica, una capa que debía aislarse del resto de la población. Debido a ello, esa capa perdió gran parte de su función política crítica. Y esa capa, esa minoría aislada, fue utilizada por el poder para inspirar miedo al resto de la población, controlar los movimientos revolucionarios y sabotearlos”.
Es muy clara la respuesta de Foucault a decirnos que el poder, a través de un Código Penal, busca etiquetar, y por sobre todo categorizar estigmatizando a los sectores críticos y progresistas como criminales.
Recordemos la persecución que vienen sufriendo los campesinos que reclaman tierras, pasando por Paraguayo Cubas, Celso Miranda “Kelembu”, Jorge Britez, Katya González, Pedro Espinoza y muchos otros, incluso con “montaje de parte de los servicios de seguridad”, que utilizan todo su poder para incluir a estas personas en la categoría de Criminales, y de esa manera inutilizar su carrera política.
Esta demás recordar  que los miembros del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), con solicitud de asilo político en Uruguay, siguen siendo perseguidos aun en el extranjero con una finalidad específica, dejar bien claro que son criminales. Es asi que la población, temerosa de sufrir las consecuencias y la persecución del poder, termina cayendo en el miedo que inspiran las instituciones represivas del gobierno.
En otro punto, Lefort construye una justificación desde el poder bajo distintos aspectos, diciendo que: “Así como en la Edad Media las brujas justificaron la Inquisición, los criminales justifican la policía, y los locos, los asilos”. Sobre esto Foucault reflexiona diciendo que: “Es preciso que haya delincuentes y criminales para que la población acepte la policía, por ejemplo. El miedo al crimen que el cine, la televisión y la prensa atizan permanentemente es la condición para que se acepte el sistema de vigilancia policial”.
Esto cierra ese concepto, bien stronista de que “la calle es de la policía” y no de los ciudadanos. Aunque estos últimos, pueden, ante los abuso del poder, manifestarse en contra.
El poder, de alguna manera, busca construir esa peligrosa paridad que conviven en una sociedad, donde hay crítica. Para un criminal, la prisión. Para un loco, el manicomio. Para un ignorante, la escuela. Para un enfermo, el hospital. Todas instituciones que ayudan a controlar a la población.

Podemos hablar de otras características más frecuentes incluso en el discurso de la sociedad, que el poder a través de sus discursos estigmatizadores busca criminalizar. Solo voy a citar algunos de ellos. Por ejemplo, ser  barbudo es ser comunista, y ser comunista es ser terrorista, y lógicamente, ser terrorista es ser delincuente. En otros casos, ser campesino es ser haragán, y ser haragán es ser delincuente. En las universidades, ser estudiante crítico es ser revolucionario, y ser revolucionario es ser delincuente. Como vemos, todos culminan en un solo concepto que busca “criminalizar” a los sectores más críticos y revolucionarios. Muchos ciudadanos, ignorando que han sido manipulados por las instituciones de poder, justifican el actuar de los organismos represivos, con frases como: “Les falta garrote”, “La policía debe reprimirlos”, “presos deben de ir”.
En conclusión, cuando el poder establecido utiliza estos conceptos en sus discursos estamos hablando de los inicios de la dictadura. La instalación de la figura del criminal o delincuente para justificar su acción represiva. Acción que queda en manos de la policía. 

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