Escucha Ñn Radio On Line

lunes, 5 de febrero de 2018

PATER ANTONIUS, MAGISTER IRATUS.

Por Tito Benitez
Adiós Antonio. Llegó la hora de partir. Aunque no esperábamos que te fueras tan temprano y, más aún, sin que te despidieras.
Te vas, Antonio.  Y los recuerdos llegan. Llegan, permanecen y sacuden. No es fácil recibir una noticia así: “Murió nuestro querido Beta”, esas palabras y tu imagen con una especie de cruz de hilo, y tu rostro siempre sonriente.
Recuerdo cuando llegué recién a tus clases…, estabas enojado. Nos mandaste a todos, literalmente, al carajo. Decías que no entendías por qué queríamos estudiar filosofía, si ante la mínima pregunta para el debate, nos quedábamos callados. Tampoco entendías nuestra resistencia total a las lecturas.
Decías que nuestra expresión no se hacía entender. O si estábamos o no de acuerdo. O si entendíamos o no. O si queríamos aportar con ideas o no. Sólo nos quedábamos mirándote atónitos.
Para resumir tu incomprensión usabas la frase “ustedes son los alumnos kururu pórte”. “Ustedes son como los sapos, ante diversas propuestas o circunstancias tienen la misma expresión facial. Miran. Sólo miran. Así nadie les entiende. Dejen de ser abúlicos”.

Después del gran jeja´o  te reías como si fuera nada. Y apuntabas a un sapo enorme verde que tenías sobre el escritorio de la sala. Ahí están ustedes- decías riéndote.  Esa imagen lo tenemos muchos: El pa´i  que siempre sonreía.
Por otro lado, el pa´i que siempre sonreía era también un tirano. En un mal latín algunos decíamos “Pater Antonius, magister iratus”.
Tu cara adusta y posterior plagueo era señal que estabas tomando decisiones drásticas. Y tan drásticas eran tus decisiones que nos obligó a leer libros y libros. Casi morimos. No había excusas. Teníamos que leer y presentar un reporte semanal de nuestras lecturas.
Leías cada reporte y nos devolvías ensangrentado, con correcciones. Ahora nuestro problema era que no sabíamos escribir. Trágica era nuestra vida en tus manos. Tan trágica, que llegamos a tener clases de lunes a sábados  y muchas veces rendíamos los domingos.  Hasta ahora me pregunto cómo sobrevivimos.
Recuerdo que ante aquella extrema presión te presentamos nuestras críticas a modo de sugerencia. Tu respuesta fue: “déjenle a sus maridos, esposos y a sus perros en sus casas. Si tienen hijos pequeños tráiganlo aquí y que duerma mientras damos clases. No hay excusas para quien quiera estudiar”. Fue una respuesta fría y tirana. Quedamos atónitos.
Esa tiranía tenía un objetivo. Fueron los años que más leímos.
Con el Pa´i y muchos otros profesores conocimos a Tólstoi, Dostoievski, Kundera, Casaccia, Roa Bastos, Nietzsche, Nanda, Vattimo, Kant, Hegel, Maquiavelo, Heideggerd, Gadamer, San Agustín, Platón, Marcuse, Foucault, Eco y muchos otros. No fue fácil. Teníamos que leer, entender, escribir y explicar en clases. Fueron duros esos años.
Miro atrás y veo que fueron los años que más leí. Cualquier lugar era bueno para disparar nuestra mente hacia la filosofía. En el baño, en el omnibus, en la parada, de noche, de madrugada, sábados, domingos, feriados y semana santa. Como solemos decir en nuestro jopara “orengo roleemínte”.
Sigo mirando atrás, y ahora  que estoy terminando mi segunda carrera en una universidad pública,  me llama la atención lo siguiente: cada vez que debo teorizar  una idea o explicar el pensamiento de un autor, recurro a los tiempos que estudiaba filosofía.  Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Tanto me ha marcado aquella etapa o ahora no estoy aprendiendo nada?
Recuerdo que en una oportunidad,  llegaste con dos fajos de hojas. Entregaste a cada uno de los presentes una hoja de cada fajo. Uno de una fecha antigua y otra más actual. Eran nuestros reportes de lecturas.
Sin palabras. Quedamos pasmados. El primero tenía cientos de errores ortográficos, con problemas de concordancia, no cerraban las ideas, la introducción iba por un lado y conclusión por otra. Ideas descabelladas. Desastre total. Nadie entendía nada.
Releímos detalladamente y nos preguntábamos si fuimos nosotros quienes escribimos esos mamotretos. Aquella noche aprendimos  que habíamos avanzado. Valió  la pena leer cada libro, corregir cada párrafo, interminables plagueos.
Mirábamos nuestros últimos escritos. Ya tenían ideas más claras, más coherentes, con contenido. Ya no tenían tantos errores ortográficos y de concordancia. Estábamos muy orgullosos de nuestros trabajos.
Pero fiel a tu estilo, aquella noche tomaste otra decisión drástica. Desde aquel día querías que leyéramos un libro por semana. Querías reportes de libros, no de fragmentos. Con citas de  los autores y que al final demos nuestra propia conclusión.  
Nuestra alegría se fue por el piso. Dijiste que habíamos avanzado, pero que era muy poco aún. Debíamos poner mayor empeño en las lecturas y querías escritos serios. Que teníamos grandes fallas y eso lo debíamos superar ese año.
Fue muy chocante. Tomamos cada uno un libro, anotabas y decías que esperaba los escritos la siguiente semana.
Pero había un problema, pensábamos que seguirías con la misma línea de corrección y que podíamos elegir a cualquier autor. Un libro de fácil comprensión. No. Dijiste que sólo teníamos  podíamos elegir esos libros que estaban sobre la mesa.
Dentro mi absoluta inocencia y  total estupidez elegí un libro sobre filosofía de la religión de Gómez Caffarena. Fue una decisión catastrófica. Leí lo que pude. No llegué a leer el libro entero. Entregué el informe. Y esperé la devolución de los trabajos.
Los resultados fueron fatales. Estabas con un humor de perros. Al parecer, ni siquiera te aguantabas a ti mismo. La devolución fue de las peores. Nadie se salvó de tu ira. Dijiste que esperabas más. Que “no podía ser que estemos terminando la carrera y que aún escribamos de esa forma.”  En voz alta dijiste las notas en una escala de 1 al 5: fulano, 2, sultano, 3, mengano, 5. Felicidades mengano. Tito, 2. Y así sucesivamente.
Me tranquilicé. Asumí que fue porque no leí todo el libro. Pero el baldazo de agua fría  vino cuando me devolviste el reporte y leí tu comentario al final del texto: “Dejá de copiar y pegar”.
Aquella noche, heriste mi orgullo en lo más profundo de mi ser. Me quedé en silencio toda la jornada. Ni una palabra durante las tres o cuatro  horas siguientes.
Agradecí que no me hayas preguntado nada. Porque si me provocabas, una silla volaría por tu cabeza de profesor. Fue imposible aquella noche esconder mi enojo. Para mí, fue una tremenda injusticia.
Hasta ahora sostengo que fue una gran injusticia. Todos sabíamos quién era el compañero que bajaba de internet y lo presentaba como si fuera suyo. Y justamente ese compañero tuvo la nota máxima y las felicitaciones aquella noche. Aquello fue un golpe duro. Ninguno de los presentes aceptamos tal situación, claro, a excepción del beneficiado. Pero no dijimos nada, como siempre.
Pasaron unos días, pienso que te diste cuenta de mi enojo y pediste por intermedio de un compañero a que me presente a tu oficina.
Fui, con cara de pocos amigos. Pensaba echar tu oficina. Esperaba que me provoques para decirte todo lo que pensaba. Esa noche me ibas a conocer, pa´i. Estaba muy dolido.
Me recibiste sonriendo, yo no te miraba. Pediste que me sentara y esa noche me abriste la mente. Me dejaste perplejo. 
Palabras más, palabras menos, me dijiste algo como esto: “Le puse un cinco a mengano porque es lo que él quiere. Sólo le importan sus notas. Quiere ver un cinco. Ese es su objetivo. Él está feliz con tener la máxima calificación. Es un motivo de orgullo para él. Y le respetamos. Ahora, a vos no te importa un cinco. A vos, te importa aprender. Y vos podes mucho más que él. Yo sé que puedo apretar más contigo. Con él, no.
Si te di esa calificación con esos comentarios, es porque espero mucho más y yo sé que vos podés. Si querés aprender, tenés que dejar que te corrijan.”
No dije absolutamente nada de lo que tenía planeado. Sólo recuerdo haber respondido con: Bueno. Bueno. Y bueno. Me quedé totalmente desencajado. Aquella noche, aprendí.
El ayer, siempre es hoy, con este recuerdo.
Habían pasado quizás entre cinco a siete años. Eran mis últimos años en el instituto. Asumo que gran parte de lo que hoy soy es gracias a muchas personas que me ayudaron. Uno de ellos eres tú, padre Antonio Betancor.
Fuiste un gran tirano. Pero tu tiranía tenía un sentido. A pesar de tus errores, sabías dónde apuntabas. Eras un gran soñador, crítico inmisericorde, lector compulsivo, trabajador incansable, una gran persona.  
De tí recibí muchos palos. Despiadados como vos, pocos, pero muy pocos. Pero tus palos me abrieron los ojos. Un tipo que pisaba tierra y con sus ataques furibundos que nos invitaba a hacer lo mismo.
Si hoy muchos me tienen que aguantar por mis ideas y críticas, es porque considero que se puede lograr.
Si me conocen, es porque soy una persona ácida en los comentarios, chocante con algunas personas, irónico hasta más no poder, lector compulsivo o un eterno soñador de que este país podemos transformar haciendo mejor las cosas. Pues bien, uno de los culpables que yo sea así es un jesuita y acaba de morir.
Fueron pocos años que compartí como alumno contigo, padre Antonio Betancor y otros jesuitas. Pero esos años bastaron.
El aquí y el ahora,  me hace dar cuenta que aprendí muchas cosas contigo. Eso es innegable.  Quizás no lo he aprovechado como debía, como por ejemplo, aprender a escribir. Siempre fue mi gran cruz.
Hoy te vas Antonio sin que pudiéramos darnos una oportunidad de reencuentro y darte las gracias. Quiero creer que te gusta escabullirte en el silencio. Por eso te fuiste de esta forma, sin ruido y sin la parafernalia que tanto odiabas.
Descanso eterno para vos Antonio Betancor.
Tu alumno kururu pórte.



No hay comentarios: