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miércoles, 19 de enero de 2011

Una lección para no olvidar

Cuento corto de Ricardo Steimberg

Por desgracia aprendí que en la vida, no siempre uno asimila, las cosas del mejor modo. Esta es una regla general, de la cual, tampoco me he escapado y no creo que me alcance, esta vida, para entender la diferencia entre creer hacer bien las cosas o meter “la pata” hasta la cintura.

La estupidez, la ignorancia y el capricho pueden jugarle a cualquiera, una mala pasada y la vida, el destino, la suerte o como quieran llamarle; les cobrará, sin misericordia, los errores cometidos. Mi historia se remonta a la misma época en que descubrí cuan maravillosa era la naturaleza.

Como lo mencioné en otro cuento; era la primera vez que tenía contacto directo con ella, ya que las fotos, el cine y la televisión no contaban. Apenas desembarqué en aquel paraíso, al menos para Norma y para mí; intenté conectarme con otros niños, pero como aquello era bastante deshabitado, se justificaba nuestra soledad.

Esto tiene explicación. Mami era obsesiva con eso de estar lejos de su vista. En especial, si son dos criaturas inquietas, imposibles de mantenerse en un lugar, más de tres minutos seguidos. Hablando de un lugar tan acotado como las cuatro paredes de un departamento.

Mucho peor resultaba a la vera de un monte, con varios arroyos cercanos, miles de insectos desconocidos, mamíferos solo vistos en los libros, pero aquí, al alcance de la mano. Árboles altos, atractivos senderos disimulados entre la maleza, plantas venenosas y todo un mundo peligroso para inexpertos.

De ahí, los jusficados temores que ella tenía. Luego, con el tiempo, fuimos ganando más libertad, en la medida que nuestro comportamiento lo mereciera. Mi hermana y yo éramos terribles aventureros, sin embargo, siempre primaba el buen juicio. Deliberábamos antes de hacer algo. Solo para evitar gritos, discusiones, retos, golpes y penitencias; mediamos las consecuencias que podrían acarrearnos aquellas incursiones por terrenos desconocidos.

Así, poco a poco, fuimos alejándonos de casa, en nuestras correrías, a la hora de la siesta. Porque las mañanas eran muy cortas y el mediodía llegaba pronto. No estar sentados a la mesa, para comer lo que nos dieran, sin discutir y con las manos y la cara lavadas; representaba una afrenta, a los viejos, muy difícil de perdonar. Desoír esto, era sinónimo de recorrer todos los círculos del Purgatorio, sin necesidad de morir.

Durante dichas expediciones, fui conociendo a niños muchos más grandes o más pequeños que yo. Otros, no tenían ningún tipo de afinidad con nuestros gustos y pretensiones. Salvo dos de ellos, que no recuerdo sus nombres, pero si sus fisonomías. Con ellos, tuvimos hermosos momentos, de sana diversión, que hasta aún hoy los mantengo vivos en mi memoria.

El más bajo era pelirrojo y pecoso, con ojos claros y pícaros. El más alto, nos llevaba una cabeza al “colorado” y a mí. Sin embargo era un año menor que nosotros dos. Los cuatro formamos pronto un sólido bloque de camaradería y confraternidad. No discutíamos el rumbo de nuestras incursiones, ni los juegos a participar.


Compartíamos gustos y preferencias, por lo que las discusiones estaban fuera de contexto. Éramos medidos en las travesuras, salvo el “alto”, que era un poco más osado que nosotros. Quizás debido a la agilidad y flexibilidad de su cuerpo, que le permitía hacer cosas impensadas por nosotros.

El “colorado”, Norma y yo éramos más torpes que el “alto”. Él estaba acostumbrado al monte y nosotros solo porteños, con más lengua que músculos y con la pereza como aliado. Suena humillante, pero en esa época, lo dábamos por sentado que esto era así. Por eso desde el principio, se constituyó en jefe y líder de aquel menudo pelotón.

Al haber tenido, un contacto tan íntimo con la naturaleza, hacía que esa ventaja se notara en todo momento, pero nunca de un modo arrogante o despreciativo. Al contrario, era generoso y servicial. Fue él, quien me enseñó a montar a caballo, una cosa casi imposible para un niño de ciudad. Solo habituado al tráfico endemoniado, al asfalto, al ensordecedor ruido de las histéricas bocinas y a la paranoica actitud de los habitantes alienados de Buenos Aires.

Siempre existe uno de esos eventos especiales en la vida de toda criatura y que los marca para bien o para mal, por el resto de su vida. El “alto” era todo un experto en el uso de la hondita. Esta pequeña pero peligrosa arma, a la que había visto en el cine y la televisión, pero nunca tenido en mis manos. Él quería que cada uno tenga la suya, y así, el patrullaje parecer mucho más real.

Norma solo tendría la honrosa y patriótica misión de proveernos de abundante munición. Mamá me dio su permiso para tener mi propia hondita. Colaboraría con la compra de un metro de goma, fácil de conseguir en cualquier almacén de barrio. Los elementos restantes serían obtenidos de trastos en desuso.

Pero antes tuve que prometerle no dispararle a mi hermana ni apuntar a las casas vecinas. De ser así, sería confiscada en el acto. La horqueta la conseguí de un viejo ciruelo. Una lengüeta de cuero, funcionaría como receptáculo para los proyectiles, tomada de una vieja pantufla de cuero de papá.

El hilo de cáñamo, vino gratis, de una madeja, encontrada en un basural, mal quemado, y serviría para sujetar las 4 puntas de la goma. Una vez prontas, las dos honditas, el “colorado” y yo recibiríamos, un curso rápido e intensivo de su manejo. Aunque parezca sencillo, es un verdadero arte.

Durante la primera incursión a las “pampas salvajes”, llevamos como munición, canto rodado, encontrados en un arroyo cercano. No hubo árbol o fruta que no hubiera sido fusilada por nuestra raquítica artillería. Incluso cayeron varias palomas torcazas, dos horneros y un pájaro del cual nunca supe su especie. Ninguno fue muerto por mi causa. Nunca le había disparado a un ser vivo, salvo tizas, a mis compañeros, durante los recreos.

Herir o molestar a un animal indefenso, nunca me agradó, pero con toda la euforia de aquella emocionante aventura y el poder de convencimiento del “alto”, hizo que esa delicada cuestión la obviase. Aún con cierto remordimiento encima, la convencí a Norma de no comentar nada con nuestros padres.

Sin embargo, cada vez que veía a un pájaro agonizando o muerto, en el suelo, mi corazón se estrujaba. Luego de 15 días, apareció mi abuelo. Sus negocios le habían arruinado un fin de semana. Él los adoraba, ya que era el único momento que tenía para reunirse con la familia.

Luego de ponerse al día con los chismes familiares, fue en mi busca. Era el nieto mayor, y tenía preferencia por sobre mis primos. Ya que era el único que escuchaba con atención, sus aventuras juveniles, allá en Entre Ríos. En un momento dado y sin darme cuenta, saqué la hondita que guardaba en el bolsillo trasero de mi pantalón.

Percibí su mirada penetrante. Sin perder tiempo, me preguntó si la hondita era mía. Le respondí que sí. Se puso más serio y deseó saber, si les disparaba a los pájaros. Sin dudarlo, le contesté honesta e ingenuamente que lo hacía. Me miró con el ceño fruncido y una rara mueca en su boca.

Se agachó, recogió tres pequeñas piedras. Me pidió entonces mi hondita. Prestamente la puse en sus manos. La observó en todos sus detalles. La cargó y sin mediar palabras, lanzó las tres piedritas hacia mi menuda humanidad.

No pude evitar que la primera me diera en el pecho. Me tomó tan de sorpresa, que solo atine a abrir grande mi boca, como única respuesta, a un acto involuntario. El dolor fue insoportable. No alcancé a lamentarme, cuando una segunda piedra hizo impacto en mi hombro. La tercera me tomó retorciéndome de dolor, y dándome en el dorso de la mano izquierda.

Con el rabillo del ojo, vi a mi abuelo, con los brazos en jarra y llamándome llorón. No le respondí. Entonces se acercó a mí y viendo mi desconcierto, ante su inesperada acción; me dijo sin rodeos, que deseaba que sintiera lo mismo que los pájaros.


Yo tenía la ventaja de quejarme y defenderme, pero ellos no. Ahora que lo había sentido en carne propia y sabía lo que era el dolor, tenía ahora toda su atención. Con aquella acción, mi abuelo creyó darme una lección y haberse ahorrado mil palabras en tontas explicaciones
.
Los animales también lloran, sufren y sienten dolor y es un pecado ensañarse con ellos. Distinto sería si con su muerte satisfacemos nuestro apetito. Pero la depredación, sin justificación, era hedionda y no merecía, el perdón de Dios. Sus palabras, en ese tono, me llegaron tan profundamente, que me dolieron más que las piedras.

Lo peor de todo, es que sabía bien que mi abuelo tenía razón. Y eso me daba más ganas de llorar. Esta anécdota siempre la tengo presente. Luego de esto, jamás permití que ningún animal sufriera, al menos, ante mis ojos. Aquella vez recibí una lección, que nunca más pude olvidar.

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