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martes, 15 de marzo de 2011

El género femenino


Escribe: Ricardo Steimberg
risterecargado.blogspot.com
chachoriste@hotmail.com



Todas las palabras fueron creadas, en su momento, por concepto. O sea, la idea que concibe o forma nuestro entendimiento. Una vez captado, este queda grabado en la mente, para luego ser usado cuando se lo requiera. Tanto conceptos como palabras son hechos por convención. Es decir, toda norma o práctica admitida tácitamente, que responde a precedentes o costumbres.

Entonces, para clarificar un poco, se puede decir que todo concepto es fijo y la palabra es determinada por toda la gente que se ponga de acuerdo en llamar una cosa así y no de otra manera. Para entender esto mucho mejor usaré a la palabra bombacha. Con esta palabra se denomina a la prenda interior femenina, llamada así en Argentina, Uruguay y Paraguay; en Bolivia, Chile y Perú indistintamente trusa o calzón.


En Colombia y México se estila pantaletas o panties. En Cuba y Costa Rica, se usa blúmer (derivado del inglés bloomer). Mientras en España y varios países latinoamericanos, es la costumbre llamarle bragas. Con esto se demuestra que un objeto o cosa se puede llamar de distintas maneras, aunque conceptualmente estemos hablando de la misma cosa y en el mismo idioma.

Estos no son sinónimos, si no regionalismos y son el reflejo del habla popular, en cada uno de los pueblos. Es decir que en un diccionario figurarán todas las acepciones, constando el país donde se lo hable. Eso lo determina anualmente la Real Academia de la Lengua Española junto con las 21 filiales latinoamericanas más Filipinas.

Ahora bien, esta entidad es la encargada de velar, si no por el purismo, al menos para que las reglas básicas que rigen a la gramática y ortografía, sean observadas y respetadas. Sin embargo, no siempre este ente mantiene la coherencia en sus fallos y dictámenes. Ya que en numerosas oportunidades, se ha descolgado con verdaderas bestialidades que hacen pensar en una senilidad aguda y terminal de sus miembros. Tomemos un ejemplo al azar.

La palabra concientización usada desde siempre en el Río de la Plata, Paraguay, Bolivia y Chile, ha sido reemplazada por el vocablo “concienciación” muy usada por los chicanos o hijos de mexicanos residentes en EEUU, portorriqueños, y centroamericanos continentales. Dicha palabra proviene de blanquear a un término en “spanglish” que es la jerga hablada por esta misma gente.

Lo triste del caso es que este ente lo borra literalmente de su diccionario, sin aclarar que ninguna reemplaza a la otra, si no que se suma al idioma como un regionalismo y que los del sur digan concientizar sin dramas y los del norte, concienciar cuando lo crean conveniente. Eso es coherencia y también una manera de enriquecer el idioma. Blanqueando jergas vulgares lo único que se logra es bastardear el lenguaje en vez de depurarlo.

Se han incorporado nuevas palabras, desde las invasiones árabes a España, amén de las miles de voces americanas, luego de la conquista del Nuevo Mundo. Pero siempre fue en base a elementos nuevos y desconocidos. Sin embargo, la Real Academia blanquea palabras que son barbarismos regionales, como balacera, factoría y aparcamiento, pretendiendo que sean sinónimos de tiroteo, fábrica y estacionamiento, cuando esto no es así.

Cuando hablábamos de concepto, dijimos que ellos son inalterables, como también independientes del género en que se encuentren. Hay nombres femeninos que al transformarlos en masculinos son ridículos como el caso de Ana o estadista. Los cargos son todos masculinos, pero no como imposición machista, si no como genéricos. Cuando se dice “La aventura del Hombre” no se habla solo del varón, si no implícitamente se nombre al hombre, mujer, niño, niña, joven, anciano, anciana, etc.

Se lo hace con el fin de abreviar. Sin embargo, los académicos, han sido influenciados por las hordas feministas, pidiendo reivindicaciones justas, en muchos casos, pero paranoicas al ver fantasmas persecutorios por todos lados. Los cargos como las palabras son por convención. Ninguna tiene pene o vagina que la distinga o identifique. Por lo tanto, con solo poner el artículo femenino o masculino adelante, se resuelve el caso.

Vayamos al grano. Cuando la Sra. María Estela Martínez de Perón asumió la presidencia de la República Argentina, fue aconsejada a que fuera tratada como "señora presidente", ya que decir “presidenta”, resultaba cacofónico e incorrecto. Ella fue la primera mandataria hispanoamericana y en esa época, al menos, los cráneos del lenguaje aún conservaban un resto de cordura. A esta la perdieron cuando en 1984, incluyeron presidenta en su diccionario.

Siempre la expresión correcta fue "señora juez", pero a raíz de insistentes presiones, no quedó más remedio que colocar “jueza” ante el avance de las mujeres, en los altos cargos del Poder Judicial. Lo mismo ocurrió con “el fiscal”, “la fiscala” o “la fiscal” Para terminar las discusiones, en 1992, son incluidas oficialmente en el diccionario de la Real Academia Española.

Dentro de las mismas estupideces, se incluyen el perito y la perita, resultando ridícula su asociación con el diminutivo de la sabrosa fruta, pariente de la manzana. En 2001, fue incorporada la palabra "gerenta" por la Real Academia, aunque admite muy a regañadientes la expresión "señora gerente" o bien “la gerente”.

Lo mismo ha ocurrido con intendente e intendenta, permitiéndose decir “Sandra es intendente”. Con el tiempo la Academia ha ido incorporando el femenino a las profesiones o cargos que siempre fueron exclusivos para los hombres. Como médica, contadora, jefa, soldadora e ingeniera. El cargo de "síndica", como funcionaria que actúa en un concurso preventivo o quiebra, aun no ha sido incorporado, sin embargo, si lo está “alcaldesa”.

En realidad, estas estúpidas y egoístas presiones, “ñembo” reivindicatorias, prostituyen el idioma con femeninos ridículos o acepciones centroamericanas proveniente del “spanglish”. Eso no es enriquecer el idioma ni velar por el buen hablar, ya que lo único que logra es que sea más “chalai” aún.

Es por eso que muchos intelectuales se han enrolado en una corriente disidente, que no se encuentra cómoda con las decisiones arbitrarias y tiránicas de la Real Academia y sus obsecuentes filiales. Y a la que intenta sacarla, de una vez por todas, de su pronunciada arterioesclerosis lingüística.

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