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lunes, 18 de junio de 2012

Esto es una pequeña guerra civil


Escrito: Ricardo Steimberg 


Lo que ha sucedido en Curuguaty no es la primera batalla ni tampoco será la última, en la dilatada guerra por la tenencia de la tierra en nuestro país. Eso si es que el Estado no pone las cosas en su lugar y como debe ser. Esta disputa se remonta a los albores mismos de nuestra independencia, en donde solo la gente adinerada podía ser dueña de grandes extensiones de tierra, quedando reservada para los agricultores, pequeñas parcelas, muy poco rentables y que apenas alcanzaba para el autoconsumo. 



Luego de la Guerra Grande, el problema se agravó, ya que desaparecieron la mayoría de los pequeños agricultores, porque casi todos estaban muertos o toda la tierra estaba confiscada. Como el Estado necesitaba dinero, Bernardino Caballero, vendió casi toda la región oriental a todos los extranjeros que podían pagar, solo que se vendían enormes extensiones por apenas unas monedas. Solo Caballero reservó algunas hectáreas para sí, que sumadas, serían casi el 25% del Paraguay de hoy. 


Luego de la Guerra del Chaco, prácticamente fue regalada todas aquellas tierras a la oficialidad, actuante, tanto en los puestos de avanzada como en el frente mismo, debido a los grandes servicios brindados a la Patria. Sin embargo los suboficiales y soldados prácticamente quedaron fuera del gran reparto, no recibiendo nada a cambio. Luego llegaría los famosos 60 años de gobierno colorado, en cuyo periodo se producen tres hechos que forman parte de los antecedentes directos de la actual masacre. 

El primero de ellos, es la colonia San Isidro del Jejuí, de Lima, San Pedro, quienes hace 35 años atrás, fueron expulsados de sus tierras, a sus legítimos pobladores. Las tierras habían sido legítimamente adquiridas, pese a eso lo mismo fueron despojados por el gobierno del dictador Stroessner, para dárselas a una prima de este, de apellido Matiauda, para luego pasar a los esposos Rivarola-Velilla. 

La segunda causa sería toda aquella la tierra mal vendida, por el extinto IBR, y que debían ser exclusivamente para campesinos que no tuvieran tierras, según los cánones de la pretendida reforma agraria, pero que fueron a parar a manos de políticos, como parte del botín de guerra, que significaba destrozar el patrimonio estatal. Cayeron en la misma bolsa y sin quererlo brasileros que vinieron de buena fe, a trabajar la tierra, confiando en los títulos y en los anuncios publicados en O Globo y la Folha de Sao Paulo, pidiendo colonos para poblar el este del país. 

Y por último la tercera probable causa, es que nunca los campesinos fueron tenidos en cuenta, durante toda su historia y mucho menos durante la última dictadura. Luego, tras el golpe de 1989, las cosas tampoco cambiaron mucho para ellos. Nunca nadie se interesó por tener un catastro confiable, ya que eso sería como admitir las irregularidades de sus antecesores colorados, aunque fueran deshonestos. Finalmente con el gobierno Lugo, recibieron muchas promesas, pero solo con la finalidad de captar sus votos. 

Fueron utilizados como “idiotas útiles” en una estúpida e inútil lucha de clases, ricos contra pobres, sojeros contra campesinos y obreros contra patrones. Se protegió a las invasiones de propiedad privada y jamás se actuó con el rigor que esto merecía. Por lo tanto los campesinos hastiados de tantas falsas promesas y de ir de acá para allá, comenzaron a levantar presión, y era de esperar que esto estallara de un momento a otro, solo era cuestión de tiempo, para que se desatara una pequeña guerra civil.

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