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sábado, 10 de septiembre de 2011

REFLEXIONES DE DAMIAN II

Por Damian Cabrera

Para Barthes y Foucault, que elaboraron algunas de sus teorías más incisivas en el contexto de las revueltas estudiantiles del mayo francés, la palabra “autor” remitiría a “autoridad”, sin mencionar que en el universo literario (junto a los constructos “narrador” y “personaje”) el autor sería un desdoblamiento del escritor: No el sujeto que escribe sino la persona que limita el sentido de su obra, tanto a través de su biografía, como a través de sus apariciones públicas e intervenciones, reduciendo y encerrando el sentido de un texto de forma autoritaria.

En el contexto de 1968, la palabra autoridad se relaciona con la autoridad-política y policial: el policía que reprime a los estudiantes con un garrote es homologable al “autor” que reprime el caos de sentido. Para Barthes, había que “matar al autor” como se “mata al padre”, en sentido freudiano entiéndase.

Dislocando los escenarios y superponiendo las ideas de Barthes y Foucault a nuestro pequeño universo de sentido, nos cuestionamos si: a. Damián Cabrera es un autor y b. Damián Cabrera desea autoridad. Trasponiendo las barreras contextuales de tiempo y coyunturas sociopolíticas, se podría decir que en determinados momentos, inscribirse como autor –antes que escuetamente limitar el campo de sentido- puede constituir una herramienta reivindicatoria del sentido.

Quizás en esa dirección, el autor desee autoridad, para hablar desde un lugar y desde su discurso, y con él, fracturar las esfericidades petrificadas que a su vez de forma autoritaria circunscriben su modo de ser y hacer. Entonces decimos que sí y que sí.

Ahora, ¿cuál es ese desde que funda el lugar de enunciación de este autor? Uno dice en este foro que desde la militancia partidaria (Partido Comunista), y/o desde el anarquismo; lo cual resulta contradictorio, puesto que el socialismo implica una presencia total del Estado, mientras que el anarquismo implica la abolición del

Estado. (Claro que según cierta teoría se sugiere una evolución según la cual el socialismo deviene anarquismo, pero en una forma ideal inalcanzable). Pero Damián Cabrera no milita en ningún partido político, ni ha trabajado para ni a favor del gobierno actual. Ahora bien, Damián Cabrera también opina que no hay nada de malo en militar en el Partido Comunista, ni en el Colorado, ni en el Liberal, ni en el Febrerista; tampoco está mal hacer militancia en la universidad (es más, ¿no es la Facultad de Filosofía un espacio para reflexionar acerca de algunos planteamientos ideológicos?)

Pero en Paraguay la palabra “ideología” tiene un carácter demonizadamente aurático. Veamos por qué.
Para Ticio Escobar, el stronismo trataba de instalar una idea de unidad y estabilidad nacional que gozaba de buena salud pero que se veía desestabilizada sólo por la intervención de los “malos paraguayos” o la presencia de la alteridad, la diferencia: las comunidades indígenas y campesinas, “el enemigo: El Comunismo (lo otro, la diferencia, el conflicto) que ha incubado gérmenes desestabilizadores y antipátridas en el tejido nacional y debe, por lo tanto, ser destruido”.

En nombre de la lucha contra el Comunismo, el stronismo asesinó y torturó a comunistas, pero también a personas que desestabilizaban la idea de “unidad” que quería construir el nacionalismo stronista; ojo, aún sin adscribir a cualquier partido político. Así, de forma casi tradicionalizada, se califica de comunista a cualquier persona que ejercite formas de pensamiento divergente. Si para el brasileño el paraguayo es “xirú”, y la alteridad brasileña es el “neguinho”, para el paraguayo el brasileño es “rapái” y la alteridad paraguaya es el “indio”, el “campesino sin tierra” y el “comunista”.

Continua diciendo Ticio Escobar: “La propuesta stronista de Progreso avanzó depredando la ecología, el patrimonio histórico y las identidades étnicas e intentando desesperadamente homogeneizar la memoria y los deseos colectivos sobre el fondo real de discriminaciones y diferencias brutales”.
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