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miércoles, 20 de junio de 2018

MORUMBI, EL TESTIGO


Por Virgilio Cantero

Morumbí es testigo silencioso de años de tragedias. Primero cayeron sus gigantes lapachos bajo el asedio de filosas hachas  de los "Mensu";  esos esclavos asalariados del codicioso capital extranjero y de las empresas forestales.
Junto al lapacho también cayó  el AVA y el “guayaki”a  quienes, como en épocas coloniales se les negó su condición humana condenándolos a la muerte y justificando el etnocidio. Este hecho,  significó la negación y constituyó una anestesia antropológica basada en la superioridad y al mismo tiempo, anestesia ideológica para perpetuar la opresión y la explotación del propio Mensú. Hombre a  quien por una hábil dialéctica recuperaba su disminuida condición humana frente al homúnculo aborigen, Así Morumbi fue testigo silencioso de muertes inocentes. Primero del lapacho, luego del indio y finalmente el  Mensu. Por Morumbi, por sus vertebras y venas  circula el telúrico torrente de un país prodigo en riquezas naturales.
Estas trágicas muertes vegetal, telúrica y  humana  se oculta bajo el discurso del progreso y el desarrollo. Hoy se ocultan detrás de la propiedad privada, la macroeconomía y del oro verde. Estas trágicas muertes, donde inocentes caen bajo la instigación asesina de oscuros personajes de un pasado nefasto. Hoy se presentan como “propietarios” del agronegocio y defensores acérrimos de la propiedad privada. Propiedad discutible desde todo punto de vista, pero producto del latrocinio y de las manipulaciones jurídicas de usucapiones que disfrazan el robo y el apoderamiento tramposo y rastrero.
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Así como al indio, hoy al campesino se le niega su identidad, a las anestesias antropológicas e ideológicas se han sumado otras nuevas, las económicas y las financieras que han relegado al campesino a la pobreza, al abandono y la criminalización por partes de sectores, algunos retardatarios,  quienes por progreso entienden la acumulación codiciosa  de capital y el monopolio de tierras y riquezas. Para un país pequeño bastan y sobran, las riquezas naturales, sin embargo cada vez son más los desheredados y los pobres.
Para SER campesino en el Paraguay hay que contentarse con una categoría de ciudadano de segunda. Considerado haragán y condenado a trabajar la tierra con machete, arado y asada con una tecnología que apenas sale de la edad de hierro sin posibilidades de progreso económico, material y muchos menos intelectual.
Para SER campesino hay que callar ante las injusticias, como la irregular distribución de la tierra. Hay que contentarse con un pedazo de tierra de 20 hectáreas o menos.  Para trabajar y asentarse en ella con una prole numerosa, lejos de todo, para ser campesino no hay que asumir posturas políticas sino contentarse con las ideologías de los señores y de los políticos quienes en actos de bondad y filantropía han asumido la dirección de la conciencia campesina. 
Para SER campesino en el Paraguay hay que agachar la cabeza frente al altivo citadino, tan desposeído y pobre como él, pero considerado superior por ser habitante de la urbe, aunque sometido también a otras opresiones.
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Para SER campesino en el Paraguay no hay que aspirar a mucho, hay que contentarse y enorgullecerse de la riquezas que produce el país con los sojeros, los estancieros  y los empresarios (que juntos no aportan  ni siquiera el 10% del Producto Interno Bruto del Paraguay aunque en sus manos se encuentren el 90% de las riquezas). Hay que defender sus intereses en  periodo electoral, votando a  los partidos políticos cuyos principios giran en torno al nacionalismo, al agrarismo  y la libertad; aunque eso no dificulte defender intereses de empresas y productores extranjeros sometiendo y encarcelando al campesino “subersivo” “si necesario fuere”.
Como en antaño, Morumbi fue testigo nuevamente de la muerte de inocentes. Muertes fratricidas engendradas en una lenta pero dolorosa historia de injusticia social que gira alrededor de la  distribución de tierras en Paraguay y que en Morumbi,  como  el mensú, el indio y el bosque, concluyó en la muerte de los desposeídos. Unos, defendiendo una ley y un sistema injusto que predica la propiedad privada aunque esta sea resultado del latrocinio y del oportunismo político, y otros, cegados tal vez por una falsa ideología a las que llegaron tras mas de un siglo de deambular errático sin que sus quejas y súplicas hayan sido oídas por los gobiernos de turno.
Morumbi es simplemente una geografía específica  donde el campesino en gran medida ha sido avasallado y robado sistemáticamente. 
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Toda violencia engendra nueva violencia. Ella es la antipanacea a los problemas del campo en el Paraguay. Esta, en particular, nos deja el mensaje de que un sector del "campesinado", no autodenominado,  sino genuino y combativo, se sacude para liberarse del yugo opresor. No es la manera, pero es la opción. 
Ellos eligen frente a las violencias, sutiles y no tan sutiles, con que siempre fueron tratados. Violencia por la venta masiva de la tierras públicas. Por la apropiación ilegítima de políticos y militares de extensos territorios. Por el degüello de los lideres de la liga agraria  campesina durante la pascua dolorosa. 
La ciudadanía debe estar atenta a los signos de los tiempos. Debe empezar a leer entre líneas. 
No es el momento de etiquetarnos o rotularnos en exacerbaciones como izquierda o derecha, guerrilleros o institucionalista. Es hora de estar atentos, frente a los políticos, los  pescadores de río revuelto y las indignaciones verborrágicas de oficinas y buro.
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